miércoles, 12 de noviembre de 2025

EL MAR CARIBE COMO ESPACIO DE INTERACCIÓN INTERÉTNICA Y TRANSCULTURAL

 

 


Rommel Contreras
Academia de GeoHistoria del Estado Sucre
Área temática: GeoHistoria

Resumen

El Mar Caribe ha sido, desde tiempos precolombinos, un espacio dinámico de contacto, intercambio y confrontación entre pueblos diversos. Mucho más que una frontera natural, este mar ha funcionado como un corredor de comunicación que articula culturas, economías y cosmovisiones entre las islas y el continente. Su cuenca fue escenario de migraciones indígenas, redes comerciales y rutas coloniales que propiciaron profundos procesos de mestizaje cultural, lingüístico y biológico. En su entorno se tejieron vínculos que dieron origen a identidades híbridas, expresiones artísticas y sistemas simbólicos donde confluyen lo africano, lo europeo y lo americano.

Desde esta perspectiva, el Caribe puede entenderse no solo como una unidad geográfica, sino como un sistema geohistórico de interacciones, donde confluyen factores ambientales, sociales y culturales que condicionan los procesos humanos. La noción de espacio de interacción interétnica y transcultural remite a la continuidad histórica de los vínculos entre pueblos de distintos orígenes —indígenas, africanos y europeos— que, a través de la navegación, el comercio y la movilidad, configuraron un entramado cultural persistente.

Lejos de ser márgenes, las costas continentales y las islas conforman un conjunto de hinterlands interconectados, donde el mar actúa como eje articulador de pueblos, lenguas y economías. En palabras de Benítez Rojo (1996), el Caribe se revela como un “territorio líquido”, vivo, que ha condicionado las trayectorias históricas y culturales del continente americano.

Palabras clave: interacción interétnica, hinterlands, identidad caribeña, afrodescendencia, insularidad.


Introducción

El Caribe no es simplemente un mar que separa tierras, sino un espacio que las une. Desde los primeros movimientos humanos en la región, las aguas del Caribe sirvieron como vías de intercambio cultural, comercial y simbólico. Las comunidades precolombinas —Arahuacos, Caribes y Taínos— (entre muchos) desarrollaron extensas redes marítimas que conectaron el continente suramericano con las Antillas, dando lugar a un entramado civilizatorio anterior a la colonización europea. Este espacio, lejos de ser periférico, se erige como uno de los centros neurálgicos del desarrollo histórico del continente americano. El objetivo de este trabajo es analizar el papel del mar Caribe como eje de interacción interétnica y transcultural, entendiendo su geografía como un elemento activo en la formación de identidades y procesos históricos que aún perduran.

El Mar Caribe puede entenderse no solo como un accidente geográfico, sino como un sistema geohistórico en el que confluyen factores ambientales, sociales y culturales que condicionan los procesos humanos a lo largo del tiempo.

La noción de espacio de interacción interétnica alude a la continuidad histórica de los contactos y vínculos entre pueblos de diferentes orígenes, tanto en los períodos anteriores al contacto europeo —cuando ya existían redes de intercambio, navegación y comercio entre las comunidades insulares y continentales—, como en los siglos posteriores a la colonización, cuando esas estructuras se transformaron y se ampliaron con la incorporación de poblaciones africanas y europeas.

De este modo, el Caribe se define como un escenario de movilidad y coexistencia permanente, donde las formas culturales preexistentes no desaparecieron, sino que se integraron en nuevos sistemas sociales y simbólicos que aún configuran su identidad contemporánea.

Por su parte, el carácter “transcultural” del Caribe, en el sentido formulado por Fernando Ortiz (1940), remite a la capacidad de las culturas de transformarse mutuamente mediante el contacto, dando origen a expresiones híbridas que constituyen hoy la base de la identidad regional.

Desde esta perspectiva, el Caribe es simultáneamente un territorio físico de navegación, un espacio simbólico de intercambio cultural y un marco histórico de continuidad civilizatoria, donde las estructuras precoloniales, reforzadas por los aportes europeos y africanos, permanecen como sustento de su diversidad contemporánea.

Se estima que el poblamiento del territorio venezolano estuvo asociado a los primeros grupos humanos que ingresaron al continente hace aproximadamente treinta mil años, lo que nos obliga a imaginar un escenario ambiental y geográfico muy distinto al actual. Hace unos doce mil años antes del presente, la escena pleistocénica inició la transformación que hoy observamos. Ese nuevo período interglaciar, conocido como Holoceno, marcó el inicio de las condiciones climáticas actuales.

La principal diferencia con respecto al presente correspondía al nivel del mar, que hace unos treinta mil años se encontraba unos 140 metros por debajo del nivel actual. En consecuencia, muchas de las islas caribeñas —incluidas las actuales venezolanas— formaban parte de la fachada continental caribeña. El paisaje holocénico actual solo se consolidó entre seis mil y tres mil años antes del presente, como resultado de la transgresión marina y de la estabilización climática posterior.

Figura 1.- Nivel del mar durante los últimos 900 años del Cuaternario (Baamonde, J., 2007).

Figura 2.- La región circumcaribe (15.000 a 9.500) a.C.; según Carbone, 1980; las zonas oscuras marcan los límites litorales al final del Pleistoceno (en: Sanoja y Obediente, 2007).

Como ejemplo, de las variaciones del paisaje tenemos nuestro río Cumaná o Manzanares y su dinámica. Aproximadamente, hace 5.000 años, al detenerse el ascenso del nivel del mar como consecuencia del cese del deshielo de los casquetes polares (actual período interglaciar) (Caraballo 1986), y por posible evento sísmico regional-local, el Manzanares cambió de rumbo, orientando su dinámica fluvial hacia el noroeste. Los planos ubicados al pie de pendiente de los cerros de Caigüire se fueron rellenando con los aportes coluviales de estas elevaciones. Este proceso fue el que dio origen a la porción sedimentaria de la planicie litoral que hoy conocemos. De esta conformación morfológica, aún podemos apreciar algunos rasgos (albuferas actuales) como lo son la “Laguna de los Patos”, la del antiguo aeropuerto y “Punta Delgada”. La mayor extensión de las albuferas y la de la napa de explayamiento deltaico, han sido ocupadas por desarrollos urbanos modernos, pero antes fueron propicios para el asentamiento de recolectores y sedentarios.

Durante aquella época de inestabilidad costera, se establecieron en los márgenes litorales las primeras comunidades de recolectores y cazadores, —así semejante— en todo el litoral venezolano. A medida que el mar ascendía, numerosos istmos que unían sectores costeros quedaron sumergidos, entre ellos —es de suponer— los que conectaban Paria con Trinidad, Cumaná con Araya, y Margarita con Tierra Firme.

No se conoce con precisión cuáles fueron las relaciones interétnicas e interculturales de aquellas primeras poblaciones que habitaban nuestro territorio y las islas antillanas dentro del seno del Caribe. Sin embargo, avanzado el Holoceno —mucho antes de la llegada de los europeos—, el comercio, la navegación y la interculturalidad estaban ya vigentes entre los diversos pueblos que podemos considerar caribeños. Los vestigios arqueológicos así lo demuestran: desde el Golfo de México hasta el oriente venezolano, se observan huellas de intercambio, circulación de bienes y difusión de símbolos culturales.

Figura 3.- Mapa Geomorfológico del Humedal "Punta Delgada" (Pérez, G. y Contreras, R., 2010).

No se conoce con precisión cuáles fueron las relaciones interétnicas e interculturales de aquellas primeras poblaciones que habitaban nuestro territorio y las islas antillanas dentro del seno del Caribe. Sin embargo, avanzado el Holoceno —mucho antes de la llegada de los europeos—, el comercio, la navegación y la interculturalidad estaban ya vigentes entre los diversos pueblos que podemos considerar caribeños. Los vestigios arqueológicos así lo demuestran: desde el Golfo de México hasta el oriente venezolano, se observan huellas de intercambio, circulación de bienes y difusión de símbolos culturales.

Según Sanoja y Vargas Arenas (1995), las comunidades recolectoras del noreste de Venezuela —asentadas en los márgenes costeros de los golfos de Paria y Cariaco— desarrollaron estrategias de subsistencia vinculadas a la explotación de manglares, lagunas litorales y cuencas fluviales. Estas poblaciones, activas entre los 8.000 y 7.000 años antes del presente, mantuvieron estrechos lazos con la actual isla de Trinidad, que entonces constituía una prolongación continental. Las evidencias arqueológicas demuestran la existencia de comunidades recolectoras marinas desde unos 5.000 o 6.000 años a. C., lo que confirma la antigüedad y continuidad de las prácticas humanas en esta franja costera del Caribe oriental. Es de suponer que comportamientos semejantes se pueden conseguir en otros lugares de la cuenca caribe.

Entre el 400 a. C. y el 1300 d. C., diversas culturas agrocerámicas —saladoide, barrancoide, arauquinoide y mayoide— se expandieron desde el bajo Orinoco hasta Trinidad y las Antillas, consolidando un eje de poblamiento que unió el continente suramericano con las islas caribeñas.

Se supone que este proceso inició hacia el comienzo de la era cristiana, cuando esas poblaciones agraoalfareras —que ya vivían en el bajo y medio Orinoco desde 1000 a. C.— se desplazaron hacia la región de Paria (absorbiendo a las poblaciones a su paso).  Estos pueblos orinoquenses, ya conocían y practicaban el cultivo de la yuca amarga y su trasformación en casabe (Sanoja y Vargas; 2007). Su propia experiencia de navegación ribereña, se sumó a la que ya poseían las poblaciones pescadoras y marineras y a sus técnicas de navegación costanera y de alta mar.

Estos procesos culturales dieron origen a complejas redes de intercambio y movilidad, que al momento de la llegada europea ya articulaban comunidades de habla arahuaca y caribe, establecidas tanto en las Antillas como en el litoral nororiental de Venezuela, particularmente en la región de Cumaná y el Golfo de Paria.

Figura 4.- las migraciones de los pueblos recolectores, cazadores y marinos del noreste de Venezuela (Mario Sanoja O. Iraida Vargas, 2007).

 Las evidencias genéticas, lingüísticas y arqueológicas sugieren que los pueblos de etnia caribe emprendieron desplazamientos desde la región del Orinoco y el norte amazónico hacia las zonas insulares y costeras del Caribe durante las fases tardías del período precolonial (poscerámico tardío), consolidando un patrón de expansión cultural y territorial que precede por varios siglos el contacto europeo.

Estos modos de vida, definidos por la interdependencia entre ecosistema costero y movilidad marítima, constituyen una de las primeras manifestaciones del carácter relacional que distingue al espacio caribeño.

Las aguas del Caribe nunca fueron una frontera, sino un espacio de comunicación y tránsito. Ello supuso la existencia de pueblos navegantes, comerciantes y aventureros, como los Caribes, Guaiqueríes y Taínos, capaces de recorrer grandes distancias, adaptarse a distintos ecosistemas y sostener redes de intercambio material y simbólico.

Cuando los europeos hicieron su aparición, la navegación de cabotaje y de altura ya era practicada por la diversidad de pueblos que los precedieron en esta cuenca marina. Su tecnología náutica y sus conocimientos ancestrales les permitieron expandir sus áreas de influencia y establecer redes de contacto cultural. El principal indicio de estos procesos se halla en el filum lingüístico, que revela un entramado de afinidades y préstamos entre las lenguas indígenas del ámbito caribeño. Igual evidencia dejan los restos arqueológicos, utensilios y concheros dispersos en las islas y costas del Caribe.

Figura 5.- El manuscrito Drake (Biblioteca Pierpont Morgan, 1996).

La sedentarización de estas comunidades debió constituir una etapa previa y necesaria para la estructuración de las primeras, aunque complejas, agrupaciones sociales, y para el aprovechamiento sistemático de los recursos naturales de su entorno. Ello permitió el desarrollo de la agricultura, los itinerarios de viaje y las herramientas de navegación, innovaciones que, según los registros arqueológicos, pueden situarse al menos desde hace dos mil años antes del presente.

Los pueblos de Paria, hace unos mil años, ya conocían la práctica del cultivo de la yuca amarga y la elaboración del casabe y de las culturas asentadas en el valle del Orinoco heredaron técnicas avanzadas de alfarería y procesamiento de alimentos, que luego adaptaron a las condiciones costeras e insulares.

Estas comunidades desarrollaron un modo de vida productor basado en la pesquería, la alfarería, la agricultura, la navegación costera y de altura, y el comercio interregional. Este conjunto de prácticas dio origen a una macro-región antillana, cuya consolidación se estima hace unos mil quinientos años antes del presente.

Fueron estos los inicios de la región geohistórica caribeña, donde la fachada atlántica venezolana, el cinturón de islas antillanas y los pueblos de Centroamérica conformaron una amplia cuenca de intercambio y circulación cultural, cuya vitalidad persistió —a pesar de los procesos de colonización europea— desde finales del siglo XVI.

Esta nueva dinámica caribeña, orientada al control de la tierra y de los recursos, redefinió los vínculos entre las comunidades litorales e insulares, sentando las bases de la geografía humana, del hinterland y de la interculturalidad en el extenso espacio geográfico y mar interior que hoy reconocemos como Caribe.

Sin embargo, muchas de las rutas de navegación y de interacción cultural establecidas durante la prehistoria fueron reutilizadas o reactivadas por los colonizadores, apoyándose en los conocimientos y trazos previos de los pueblos originarios. Esta continuidad histórica es, precisamente, uno de los rasgos que mejor definen la cultura caribeña contemporánea.

El tránsito entre los períodos precolombino y colonial no representó una ruptura total, sino una continuidad transformada. Las estructuras sociales, los lazos de intercambio y las formas de organización territorial que definieron al Caribe antes de la llegada europea se adaptaron a las nuevas realidades impuestas por el contacto transatlántico. Las culturas indígenas, aunque sometidas a procesos de desplazamiento y dominación, dejaron su impronta en la manera en que los pueblos del Caribe asumieron el mestizaje como forma de existencia.

En esta trama de permanencias, además de la estampa unificadora y diversa que ofrece el filum lingüístico, dos aspectos resultan fundamentales para comprender la continuidad de la interacción interétnica y transcultural en el Caribe: la toponimia y las rutas de navegación y migración.

La toponimia caribeña conserva en sus nombres la memoria de antiguos pueblos y lenguas, fusionando términos de origen indígena, africano y europeo que testimonian los procesos de contacto y adaptación cultural. Estos nombres —de islas, cabos, golfos y poblaciones costeras— constituyen verdaderos archivos lingüísticos que revelan la superposición histórica de significados y pertenencias.

De manera complementaria, las rutas de navegación y migración muestran la persistencia de los circuitos de movilidad humana que han unido las Antillas con las costas continentales desde tiempos precolombinos. A través de ellas circularon bienes, personas y saberes, configurando un entramado de relaciones que sobrevivió a la colonización y aún estructura los flujos económicos, sociales y culturales del Caribe contemporáneo.

El encuentro con Europa trajo consigo tecnologías náuticas más avanzadas, nuevos instrumentos agrícolas, sistemas religiosos y estructuras administrativas que se injertaron sobre una matriz cultural ya existente. Esa simbiosis dio lugar a una civilización mestiza, donde lo africano, lo europeo y lo americano convergieron sobre el sustrato ancestral que los precedía. Las rutas comerciales, los asentamientos costeros y las prácticas de navegación heredadas del Holoceno continuaron articulando la vida del Caribe, ahora bajo el signo de una economía colonial.

A pesar de la violencia del proceso, el espíritu relacional y abierto del Caribe no desapareció: se amplificó. Las nuevas sociedades coloniales reprodujeron —a su manera— los mecanismos de intercambio, movilidad y convivencia que habían caracterizado a la región durante milenios. El mar siguió siendo el espacio de conexión entre pueblos, lenguas y memorias, reafirmando una identidad caribeña que no puede entenderse ni como mera herencia indígena ni como simple producto del mestizaje colonial, sino como una coexistencia dinámica que integra ambas dimensiones.

En última instancia, la historia del Caribe es la historia de una permanencia en movimiento: la de un mundo que, aun transformado por los vientos de la colonización, sigue siendo fiel a sí mismo en su vocación de encuentro, diversidad y resistencia.

Herencias del Caribe tras las Independencias

El siglo XIX marcó un punto de inflexión para la región caribeña. La independencia de los territorios coloniales, lejos de romper con los vínculos del pasado, reconfiguró las antiguas estructuras de poder y dependencia económica que se habían forjado durante tres siglos de dominio europeo. El mar Caribe siguió siendo el eje articulador de esa nueva realidad, pero sus rutas, puertos y flujos adquirieron significados distintos bajo la influencia de las nacientes repúblicas y los intereses de las potencias extranjeras.

La herencia colonial se manifestó, ante todo, en la persistencia de las economías de plantación. A pesar de la emancipación política, la estructura productiva continuó orientada hacia la exportación de materias primas y productos agrícolas —azúcar, cacao, café y tabaco—, heredada de los sistemas esclavistas del siglo XVIII. En el oriente venezolano, al igual que en el resto del Caribe, el trabajo indígena y afrodescendiente mantuvo un papel central en la producción y el comercio marítimo, reproduciendo jerarquías sociales de raíz colonial.

Desde el punto de vista cultural y lingüístico, el Caribe decimonónico heredó un mosaico de influencias. Las lenguas criollas, el sincretismo religioso y la tradición oral actuaron como vehículos de resistencia y afirmación identitaria frente a los discursos centralizadores de las nuevas naciones. La pluralidad étnica, lejos de diluirse, se convirtió en uno de los sellos distintivos del espacio caribeño, donde lo africano, lo europeo y lo indígena se fundieron en un proceso de transculturación permanente.

En el ámbito geopolítico, las independencias no eliminaron la presencia externa: al contrario, abrieron el Caribe a una nueva etapa de neocolonialismo económico. El interés británico por el comercio y el control marítimo, la expansión de los Estados Unidos y la permanencia de colonias francesas y neerlandesas fragmentaron el territorio en un archipiélago político, donde coexistían repúblicas independientes, protectorados y posesiones imperiales. Este escenario reforzó la importancia del mar como frontera dinámica y como espacio de disputa simbólica y material.

No obstante, el siglo XIX también trajo consigo un despertar regional. El auge del pensamiento antillano y los primeros intentos de integración —basados en el proyecto unionista de Bolívar— reflejando la conciencia compartida de un destino caribeño común. La navegación, los intercambios comerciales y los movimientos migratorios siguieron tejiendo una red cultural que, pese a las divisiones políticas, mantuvo viva la identidad marítima de la región.

Así, el Caribe posterior a las independencias conservó su carácter de territorio líquido y mestizo, pero con nuevos actores, nuevas rutas y nuevas tensiones. La continuidad de sus dinámicas marítimas demuestra que, más allá de los cambios políticos, el mar siguió siendo el verdadero mediador entre los pueblos, lenguas y economías que conforman su geografía humana.

El Caribe en las visiones geopolíticas del siglo XIX

En el tránsito del siglo XIX, el mar Caribe se convirtió en el escenario simbólico y estratégico En el tránsito del siglo XIX, el mar Caribe se transformó en un escenario de significaciones geopolíticas, económicas y culturales que condensaron dos visiones antagónicas sobre el futuro del continente americano: la Doctrina Monroe, proclamada por los Estados Unidos en 1823, y la Carta de Jamaica, escrita por Simón Bolívar en 1815. Ambas surgieron en un contexto de redefinición política y territorial del hemisferio, cuando las colonias hispanoamericanas emprendían sus procesos de independencia y las potencias europeas buscaban conservar su influencia ultramarina. En ese marco, el Caribe —por su posición estratégica como corredor marítimo y punto de articulación entre el Atlántico, el Golfo de México y el istmo centroamericano— se convirtió en el espacio donde se proyectaron las aspiraciones hegemónicas de las nuevas potencias y los ideales de emancipación continental.

La Doctrina Monroe, resumida en la consigna “América para los americanos”, estableció el principio de que cualquier intervención europea en el continente sería considerada una agresión contra los Estados Unidos. No obstante, bajo la apariencia de una defensa del hemisferio occidental, se consolidó en realidad una concepción política de carácter unipolar, que otorgaba a la joven república del norte el papel de garante y árbitro de los destinos del continente. El Caribe pasó así de ser un espacio de libre interacción entre pueblos e imperios, a convertirse en un teatro de operaciones de la expansión económica y militar estadounidense. En nombre de esa doctrina se justificaron intervenciones, ocupaciones y protectorados —desde México hasta Cuba y Puerto Rico— que redefinieron la soberanía de los pueblos caribeños y latinoamericanos. La consigna monroísta, en la práctica, inauguró un modelo de control hemisférico que, aunque invocaba la defensa de la independencia americana, terminó subordinando los procesos políticos de la región a la lógica del interés norteamericano.

En contraste, la Carta de Jamaica expresa la visión emancipadora y plural del Libertador Simón Bolívar, quien entendía la independencia no solo como ruptura con España, sino como proyecto integrador y solidario de las nuevas repúblicas. Su concepción de América trascendía las fronteras impuestas por la colonización, proponiendo una comunidad de naciones unidas por la historia, la cultura y la geografía. Para Bolívar, el Caribe era el eje natural de esa unidad continental: un espacio de encuentro entre las Antillas y Tierra Firme, donde debía articularse la comunicación entre los pueblos libres del Nuevo Mundo. Frente al aislamiento nacionalista implícito en la visión monroísta, Bolívar propuso un sistema de confederación americana, sustentado en la cooperación y el respeto mutuo, capaz de resistir tanto las presiones externas como las divisiones internas heredadas del orden colonial.

Sin embargo, la historia inmediata demostró que el ideario bolivariano chocó con el pragmatismo político de las potencias emergentes. Los esfuerzos de integración —como el Congreso Anfictiónico de Panamá de 1826 o los encuentros posteriores de Lima y Santiago entre 1848 y 1864— no lograron consolidar una estructura estable de unión. Mientras tanto, el panamericanismo de Henry Clay, y más tarde de James G. Blaine en 1889, reinterpretó el principio monroísta como un instrumento de hegemonía política y económica. Bajo su influencia, los Estados Unidos promovieron la institucionalización de un sistema hemisférico que, lejos de fortalecer la autonomía latinoamericana, reforzó su dependencia. Incluso en el siglo XX, la creación de organismos como la Organización de Estados Americanos prolongó esa línea de subordinación, presentando una unidad aparente bajo tutela del norte. No obstante, pese a esas injerencias, el entramado cultural caribeño —tejido a lo largo de siglos de mestizaje, resistencia y movilidad— mantiene su vitalidad como espacio de intercambio y memoria compartida.

Mientras la doctrina norteamericana delineaba un “destino manifiesto” orientado al control del hemisferio, la visión bolivariana apostaba por un destino común entre pueblos diversos, fundado en la soberanía, la justicia y la cooperación. En esa tensión —entre hegemonía y fraternidad— se configuró la geopolítica del Caribe decimonónico. Desde entonces, el mar dejó de ser únicamente un medio de comunicación y comercio para convertirse en un campo de disputa ideológica y simbólica, donde se enfrentaron dos concepciones opuestas de América: una centrada en el poder y la expansión, otra en la libertad y la integración. El eco de ambas doctrinas perdura hasta el presente. El Caribe sigue siendo un territorio donde convergen los intereses globales y las memorias locales, un espacio donde la vocación integradora de Bolívar aún se mide frente al peso histórico de la influencia norteamericana. Pero una tiene como base la moral y la unidad nacional, mientras que la otra se ha pretendido imponer por la fuerza; cada vez menos acertada.

Conclusiones

El análisis histórico y geográfico del Caribe revela la persistencia de una matriz cultural que trasciende los distintos períodos de su desarrollo. Desde los primeros asentamientos precolombinos hasta las configuraciones políticas posteriores a la independencia, la región ha mantenido un patrón de interrelación basado en la movilidad, el intercambio y la adaptación al entorno marítimo.

Las formas de organización, los sistemas de intercambio simbólico y las redes comerciales establecidas por los pueblos originarios sirvieron de fundamento a las sociedades coloniales y poscoloniales. Lejos de desaparecer, estas estructuras se transformaron al incorporar aportes europeos y africanos, dando origen a un entramado cultural híbrido que constituye la esencia de la identidad caribeña.

Los estudios arqueológicos, la toponimia y las rutas de navegación confirman la continuidad de esas prácticas relacionales, evidenciando que la interculturalidad caribeña no es un fenómeno reciente, sino una condición histórica que se renueva con cada época. El mar —territorio físico y simbólico— ha actuado como mediador constante entre pueblos y culturas, garantizando la permanencia de los vínculos humanos que lo habitan.

En consecuencia, el Caribe debe entenderse como una unidad geohistórica sustentada en la interacción dinámica de sus componentes humanos, ambientales y culturales. A pesar de las rupturas aparentes, persiste una lógica de continuidad que enlaza los horizontes precoloniales, coloniales y modernos en una misma trayectoria civilizatoria. Esta permanencia, alimentada por la diversidad y la memoria, confirma que el Caribe contemporáneo sigue siendo, ante todo, un espacio vivo de interacción interétnica y transcultural.

 

Referencias

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Contreras, R. (2023). Pretensión francesa sobre el traspaís oriental venezolano: El país del Guarapiche-San JuanfigsharePreprint. https://doi.org/10.6084/m9.figshare.22491820.v1

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MIÉRCOLES 12 DE NOVIEMBRE DE 2025
CULTURA MODALIDAD: ORAL
SALA 4 (CEC)
Hora de presentación: 08:10 – 08:30 a. m.
ConferenciaMagistral de Sesión:

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