La fecunda zona tropical
Por: Rommel Contreras
Cumaná, 3 de octubre de 2026
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Preámbulo, escrito para un 3 de octubre
Publico este ensayo hoy, 3 de octubre, y no otro día, por una doble deuda que el calendario quiso anudar por mí. En octubre de 1826 apareció en Londres el tomo primero de El Repertorio Americano, donde Andrés Bello dio a la imprenta su Silva a la agricultura de la zona tórrida: se cumplen, pues, doscientos años justos del poema que atraviesa estas páginas y que mi bisabuela recitaba de memoria frente al mar de Río Caribe. Y un 3 de octubre, pero de 1841 —el mismo año, nótese, en que salían de las prensas de París el Resumen de Baralt y la Geografía de Codazzi—, nació en Valencia mi bisabuelo, Francisco González Guinán, quien a su manera continuaría la obra de ambos.
A mi bisabuelo no lo conocí; tampoco, en rigor, lo conocieron del todo sus hijas margariteñas. Llegó a la isla refugiado, en el tránsito del siglo XIX al XX, ya casado en Valencia; allí conoció a Rita Amadora Marcano, y de ese amor sin partida nacieron Gabriela y Eduarda, a quienes nunca reconoció. La historia, que él supo escribir en catorce tomos, no le alcanzó para escribir esos dos nombres.
Pero la sangre y la memoria no necesitan notario. Lo que el apellido negó lo transmitió la voz: fue por esa vía materna —la bisabuela que recitaba la Silva al pie del cerro El Toro, la abuela que rezaba la «Oración por todos» como herencia de un padre al que posiblemente nunca vio— que me llegó el legado que este ensayo intenta honrar y devolver. Y procuro seguir sus pasos con obras: cuatro libros de historia llevan ya mi firma y pueden hallarse en las librerías digitales buscando, sencillamente, Rommel Contreras.
Sirva entonces este 3 de octubre para un doble homenaje: al respetable don Andrés Bello, en el bicentenario de su fecunda Silva; y a Francisco González Guinán, en los 185 años de su nacimiento, de quien heredé, sin que él lo pretendiera, el oficio de mirar a Venezuela a través de su geografía y su historia. Para eso también sirven las efemérides: para que los hijos no reconocidos de la historia reciban, aunque sea un siglo después, su acta de reconocimiento.
Tras las guerras de independencia (1810-1825), nuestro Andrés Bello, durante su exilio en Londres, escribe la Silva a la agricultura de la zona tórrida en 1826, hace ahora doscientos años. Una larga silva —mezcla de versos endecasílabos y heptasílabos— que se erige como una exaltación poética de la naturaleza tropical americana y un llamado a valorar la vida del campo por encima de la ciudad. Mi bisabuela Rita Amadora Marcano, nacida en Juan Griego, en la isla de Margarita, la recitaba toda de memoria en sus conversatorios nocturnos al pie del cerro El Toro, en la playa de Río Caribe; se la enseñó a mi abuela Gabriela Isabel (hija de su marido, Francisco González Guinán, cuando estuvo refugiado en Margarita); y también, a su nieto, mi papá Aser Contreras, y él a mí. Pero confieso que la he olvidado en gran parte, al igual que la «Oración por todos», traducida por Bello de Víctor Hugo, la cual era rezada por mi abuela como herencia de su muy devoto padre. Un legado cultural que se transmitió por vía materna, aunque mi abuela posiblemente no conoció a su padre; fortuna que sí tuve yo, en detalle, hasta que falleció en la ancianidad.
La Silva a la agricultura de la zona tórrida intenta crear una identidad cultural propia para las nuevas naciones latinoamericanas, sugiriendo dejar de imitar los modelos europeos para valorar la propia tierra; esta obra formaba parte de un proyecto más ambicioso llamado América, que Bello nunca terminó, inspirado posiblemente en el pregonar incansable de Francisco de Miranda.
El poema comienza así:
«¡Salve, fecunda zona,
que al sol enamorado circunscribes
el vago curso, y cuanto ser se anima
en cada vario clima,
acariciada de su luz, concibes!».
Lo curioso es que Bello usa el término «zona tórrida» en el título, pero en el cuerpo del poema la llama «fecunda zona» (fértil) y la describe como una tierra generosa y llena de vida. Los antiguos griegos y romanos llamaron «tórrida» (quemada) a esta franja porque creían que el calor era tan extremo que la hacía inhabitable. Pensaban que los rayos del Sol, al caer verticalmente dos veces al año, impedirían la vida humana. Sin embargo, la realidad americana desmintió esa creencia: en esta zona hay «países frescos, templados y saludables en donde se goza casi de primavera y otoño perpetuos» (algunos, con jocosidad, la hubieran llamado «zona viva la pepa», y por ello somos tan «tostados»), gracias a sus vientos frescos, lluvias frecuentes y «dos cosechas de fruto cada año». El nombre «tórrida» resultó ser inapropiado y, por ello, fue reemplazado con el tiempo por términos más precisos: zona intertropical o zona tropical. La clasificación mundial de cinco zonas (tórrida, dos templadas y dos frías) sigue siendo válida geográficamente, pero el adjetivo original resultaba engañoso al sugerir un calor extremo que no corresponde con la rica realidad de muchas regiones tropicales.
Todo lo anterior lo sabía Bello porque él, además de todo lo que fue, fue un auténtico amante de la Geografía. Ese amor queda plasmado en su Cosmografía (publicada originalmente en 1848; un ejemplar original reposa en mi biblioteca), un destacado texto de divulgación científica y astronómica.
En la Cosmografía de Bello se siente el eco de Lorenzo Hervás y Panduro. De hecho, cuando Bello analiza fenómenos celestes en su texto, utiliza y cita explícitamente el Viaje estático al mundo planetario de Hervás y Panduro, donde el jesuita utiliza telescopios imaginarios y la teoría newtoniana para describir el cosmos. Lorenzo Hervás es el gigante de la lingüística comparada gracias a su monumental Catálogo de las lenguas de las naciones conocidas. Para un gramático de la envergadura de Andrés Bello, la obra filológica de Hervás era de consulta obligatoria. El afán del jesuita por estudiar de forma científica las lenguas indígenas americanas dejó una impronta directa en la visión americanista y unificadora del idioma que Bello defendería décadas más tarde. No son casuales los lazos entre la filología, la literatura, la historia y la geografía. Son, más bien, las cuatro patas de una misma mesa: el lenguaje ocurre en el tiempo (historia) y en el espacio (geografía), y la literatura es el testimonio más rico de esa ocurrencia. En palabras llanas: no es otra cosa que el estudio del hombre en el tiempo y en el espacio a través de su lengua y sus relatos.
La obra de Andrés Bello explica la estructura del universo basándose en los descubrimientos más recientes de su época; de hecho, durante su estancia en Chile, Bello realizó observaciones y cálculos matemáticos sobre el planeta Urano y el cometa Halley. Presenció el paso del cometa en 1835; mi bisabuela, en 1910; pero, al contrario de la conmoción científica de Bello, Rita Amadora contaba que en la playa de Río Caribe suponían que sucedería el fin del mundo. Los aportes al estudio del cosmos realizados por el culto Andrés Bello fueron reconocidos por la Unión Astronómica Internacional, que promovió la designación de un cráter del planeta Mercurio con el nombre de «Bello» en 1976. La mayoría de los cráteres de Mercurio llevan el nombre de famosos escritores, artistas y compositores. Pero en el caso de ese reconocimiento a Bello, resulta que el filólogo también contribuyó al entendimiento colectivo del orden y la armonía del universo. Por eso, quizás, mereció un cráter mayor que el mediano que le correspondió, de solo 137 km de diámetro; si me hubieran preguntado, habría sugerido toda una cuenca inmensa, muy superior a los gigantes asignados a Tolstói, Homero o Goethe.
El «cumanés» Andrés Bello no fue el único poeta de estas latitudes sensible y con pasión por la geografía. En 1847, el escritor Bartolomé Milá de la Roca hizo lo propio y publicó su Llave de cronología matemática e histórica, formada con arreglo a los mejores autores que han escrito sobre la materia y dedicada a la educación primaria y secundaria de Venezuela, una obra de grandes pretensiones pedagógicas donde apuntaba:
«Bien persuadido estoy de que para fijar las fases de la Luna con el rigor astronómico que ellas requieren, es indispensable el auxilio de la ciencia por necesitarse de largas y diferentes operaciones, como así mismo para determinar los eclipses; y de que basta saber las reglas fundamentales de la Aritmética para hacer el cómputo eclesiástico, el cálculo de las fechas en que se celebran las festividades movibles, y aquel en que con mucha aproximación suceden los novilunios, plenilunios, cuartos de creciente y menguante. Esto será muy ventajoso a la instrucción primaria, pues que los alumnos quedarán en aptitud de hacerlo; siendo innegable que el objeto de los más que en Venezuela compran almanaques es el de imponerse de dichos cómputos».
Es que Cumaná misma está indisolublemente asociada a la geografía mundial. Fue la ciudad que cobijó, durante una larga temporada, a la Expedición Secreta o de Límites, la cual vino en 1754 a delimitar las fronteras con el Brasil (una acción de suma importancia histórica para nuestra actual defensa del Esequibo). El lugar de alojamiento del comandante de esa expedición fue el detalle documental que permitió corroborar que la casa donde nació el Gran Mariscal de Ayacucho ya existía a mediados del siglo XVIII; también fueron esos instruidos visitantes quienes nos legaron un temprano mapa lleno de detalles e información científica. Asimismo, la eminencia de San Antonio fue el lugar predilecto para las observaciones astronómicas de numerosas expediciones científicas durante el Siglo de las Luces. Allí estuvo Joaquín Francisco Fidalgo cuando emprendió la cartografía de la costa y la batimetría de nuestros mares al mando de los bergantines Empresa y Alerta, en la llamada expedición del Atlas de la América Septentrional, comandada por el afamado científico, marino y militar español Cosme Damián Churruca —aquel que luego muriera con gloria en el navío San Juan Nepomuceno durante el combate de Trafalgar en 1805—. La fortaleza de San Antonio fue, por mucho tiempo, el meridiano de referencia para la cartografía de este lado del mundo.
Pero allí y acá también estuvo «El Sabio», como afectuosamente llamaron los cumaneses a Friedrich Karl Wilhelm Heinrich Alexander (Alexander von Humboldt) entre los siglos XVIII y XIX. Humboldt no escribió poesía, pero su prosa científica era tan descriptiva y sensorial que lograba el mismo efecto: transportar al lector al paisaje. Describió al continente con tal magnificencia que el propio Bolívar llegó a sentenciar: «Humboldt fue el verdadero descubridor de América».
Entonces, aún nos estamos «descubriendo», mucho y vertiginosamente, con la ayuda de las nuevas tecnologías. Por ello, quizás, nos suponemos más aventajados que quienes nos precedieron, como el Viejo Plinio del siglo I, quien fue un compilador monumental y también geógrafo, pero sobre todo un curioso científico que prefirió presenciar la erupción del Vesubio en primera fila y sucumbir, antes que ponerse en resguardo con su propia flota. O nos creemos más entendidos que el propio padre de la Geografía —término que él mismo acuñó—: Eratóstenes (c. 285-194 a. C.). Poseedor del saber científico griego del período helenístico, estuvo muy influenciado por el escepticismo académico que estudió en Atenas, lo que le llevaba a cuestionar el conocimiento aceptado y a probar las ideas por sí mismo en lugar de darlas por ciertas. Fue él mismo quien, utilizando un método simple y elegante, determinó en el siglo III a. C. una aproximación de la circunferencia terrestre con un margen de error increíblemente bajo, de menos del 1 %. Es de Eratóstenes de quien Plinio toma la medición de la circunferencia planetaria (252 000 estadios), y a partir de su legado, Claudio Ptolomeo, en el siglo II d. C., formaliza el sistema de coordenadas geográficas que actualmente utilizamos.
No es, entonces, casual que el conocimiento del entorno —del mundo— sea la base para la erudición, lo que hace de todos ellos auténticos polímatas: término, también en desuso, para aquellas personas que poseen conocimientos profundos y vastos en diversas disciplinas (como Eratóstenes, Humboldt o Andrés Bello).
Retornando a Bello —quien en algún momento visitó Cumaná y convivió entre nosotros junto a sus progenitores, sembrados luego en lo profundo de esta tierra, ignorando hoy los cumaneses dónde reposan tan honorables despojos—, sabemos que Bartolomé Bello, padre de Andrés, vivió en Cumaná, donde ejerció la Fiscalía de Hacienda y Renta del Tabaco desde 1789 hasta su muerte en 1804. Un amigo de Andrés que fue presidente del Concejo Municipal, el letrado caraqueño y teniente coronel de artillería José Agustín de Loinaz, con quien mantenía afectuosa correspondencia epistolar, le recordaba en una de sus cartas «los días felices que compartieron a orillas del pintoresco Manzanares». Fue el coronel Loinaz quien tuvo el honor de recibir, de parte del Gran Mariscal de Ayacucho, la guirnalda y la pluma de oro con que la ciudad de Cochabamba le homenajeó, y que este, añorando a su ciudad natal, envió de regalo desde el Sur. Suerte la de Cumaná, que un patriota ilustrado recibiera, en nombre de todos, la ofrenda de su hijo mal querido, a quien su ciudad aún no ha sabido corresponder, y cuyos valiosos regalos han sido ultrajados en repetidas oportunidades (hoy los que se exhiben ya no son los originales).
En su poema Alocución a la Poesía, Andrés Bello menciona un amor juvenil con María Josefa Sucre, hermana del futuro Gran Mariscal de Ayacucho. En dicha obra se lee:
«Despierte (¡oh Musa, tiempo es ya!) despierte
algún sublime ingenio, que levante
el vuelo a tan espléndido sujeto,
y que de Popayán los hechos cante
y de la no inferior Barquisimeto,
y del pueblo también [Cumaná, nota de Bello] cuyos hogares
a sus orillas mira el Manzanares;
no el de ondas pobre y de verdura exhausto,
que de la regia corte sufre el fausto,
y de su servidumbre está orgulloso,
mas que el de aguas bellas abundoso,
como su gente lo es de bellas almas,
del cielo en su cristal sereno pinta
el puro azul, corriendo entre las palmas
de esta y aquella deliciosa quinta».
En algún momento leí a Ramos Sucre, y él recomendaba leer al escritor e historiador Rafael María Baralt; leerlo para aprender a escribir y a leer en buena prosa. Fue Baralt el primer hispanoamericano elegido para integrar la Real Academia Española, en 1853. Muy respetada he tenido la sugerencia del inmenso Ramos Sucre respecto a Baralt; es por ello por lo que temprano me preocupé de que un original de su obra histórica reposara en mi biblioteca: el Resumen de la Historia de Venezuela, que abarca desde el descubrimiento hasta 1837 y constituye una monumental compilación histórica y geográfica de Venezuela.
Este esfuerzo se completaba con el Resumen de la Geografía de Venezuela, parte de un mismo proyecto intelectual: darle a la nueva República una conciencia de sí misma a través de la historia y el territorio. José Antonio Páez buscaba consolidar la identidad nacional y para ello encargó a Agustín Codazzi la elaboración de un atlas y una geografía científica del país. Paralelamente, se promovió la redacción de una historia nacional que explicara el origen de la República. Eran dos caras de la misma moneda: Codazzi respondería a la pregunta «¿qué país somos?», mientras que Baralt respondería «¿cómo llegamos a ser este país?».
Así figura en las ediciones originales de mi biblioteca. Baralt y Ramón Díaz elaboraron el Resumen de la Historia de Venezuela mientras colaboraban en la publicación del atlas y de la geografía de Codazzi. Es decir: Codazzi aportó la mirada territorial y estadística; Baralt, la narrativa histórica y la prosa robusta; todo ello a la manera de Eratóstenes, de cuya erudición han bebido todos abundantemente, desde el mismo Humboldt —quien lo idolatra en sus escritos— hasta el propio Bartolomé Milá de la Roca.
El Resumen de la Historia de Venezuela fue escrito a dos manos por Rafael María Baralt y Ramón Díaz Martínez. Baralt comenzó a recopilar materiales hacia 1837; Codazzi, desde mucho antes; pero tanto el Resumen de la Historia de Venezuela como el Resumen de la Geografía de Venezuela aparecieron impresos en París en 1841, no sin antes ser presentados al Sabio para su visto bueno y revisión. El sabio alemán alabó las obras y se enamoró del atlas cartográfico (del cual, lamentablemente, aún no me ha sido posible adquirir... un original).
Como una alerta temprana para nuestro tiempo nacional, Baralt y Díaz expresan su temor a la amenaza jacobina. En 1841, asocian explícitamente a la Sociedad Patriótica (fundada en 1810 por Bolívar y Miranda, entre otros) con los jacobinos franceses. Esta comparación no es inocente. Al calificarlos como «activos y bulliciosos oyentes» que «lisonjeaban las inclinaciones populares», están instalando una narrativa de temor al desbordamiento popular y al radicalismo. Es decir, ya desde la primera gran historia de Venezuela se está sembrando una interpretación: la independencia no fue solo una gesta heroica, sino también una amenaza de caos jacobino que el Congreso (más moderado) apenas pudo contener, y que hoy pulula en nuestra escena y realidad política; claro que nuestros héroes, a diferencia de algunos contemporáneos, jamás esgrimieron la excusa de la inmolación: en eso nos superan a todos.
«Esta Junta, bien así como en Francia la de los jacobinos y otras tales, había conseguido atraerse a una gran clientela de activos y bulliciosos oyentes, lisonjeando las inclinaciones populares y defendiendo audazmente los principios de igualdad tan caros al pueblo (...). El Congreso, por su parte, intimidado con la popularidad de la junta patriótica, y viendo el decidido apoyo que le prestaban muchos de sus miembros, toleraba el porte desmedido de aquel cuerpo y aun se dejaba influir por él en los negocios».
Un «miedo fundacional» que pretendió —y aún pretende— justificar la necesidad de los «guardianes de la revolución», con cargos vitalicios e intransferibles; una construcción historiográfica que se fue repitiendo y asentando desde 1841 hasta el presente. Hasta que hoy los vemos desfilar y retirarse, ante las realidades pragmáticas de sus vidas cotidianas, por el albañal de la historia. No somos un libro con las páginas aún sin abrir: nuestra valentía ya fue probada en los campos de batalla americanos. Por eso desconcierta la retórica oficial que, frente al abuso de la potencia del norte, alega «no quererse inmolar», renunciando así a defender la soberanía; y desconcierta más todavía que, al tiempo que se esquiva el sacrificio, se extienda a los enemigos de la revolución un indulto general. Curiosa simetría: inmolación simulada e indulto real no son aquí términos antónimos, sino símiles que marchan en un mismo y claudicante sentido, el de la renuncia a la soberanía. La historia, que ya juzgó a los jacobinos imaginarios de Baralt, sabrá pasarles factura también a estos guardianes de ocasión.
En resumen, la geografía está íntimamente asociada al conocimiento y debe ser uno de los pilares fundamentales para la formación de los niños y de las nuevas juventudes. El exvicepresidente de la AGHES, el profesor Gilberto López, citaba las palabras del rector de la Universidad de Chile —institución de la que Bello fuese también rector por largos años—, don Ignacio Domeyko, quien durante la inhumación de los restos de Bello expresó:
«No es dado enumerar fríamente los inmensos méritos y servicios de Don Andrés Bello, que, si pudiéramos recordarlos todos, dudaría la razón que en una sola vida, un solo hombre, pudiera saber tanto, hacer tanto y amar tanto».
Lo mismo se dijo y se dirá, con toda seguridad, de Eratóstenes, Plinio, Humboldt, Codazzi y tantos otros. Sirva este recordatorio para tener presentes las enseñanzas de los amigos ya fallecidos Gilberto López y Luis Germán Pérez, a quienes seguro pertenecen más estas palabras que a mí; y también a mi bisabuelo, que algo me heredó... sin pretenderlo, pero que a su manera continuó el trabajo de Baralt y Codazzi con su Historia Contemporánea de Venezuela, de la cual dijo Rómulo Betancourt —para mí, uno de los grandes drenadores de la savia de la república— que era imprescindible leerla para intentar ser presidente de Venezuela; en su caso, para entender y negociar el país, como lo han pretendido, cada quien a su manera, sus sucesores y demás vendepatrias.
Sin la valentía de un Plinio, la genialidad de un Humboldt, el ojo observador de Codazzi, la pluma de Baralt y la sensibilidad instruida de Bello —sin el entendimiento de nuestra geohistoria—, no construiremos nuestro entorno patrimonial geográfico e histórico. Y debo concluir diciendo que «la política» —la pequeña, la de oficio, no aquella que encargó atlas e historias para fundar una nación— poco aporta; al contrario: frena y destruye.
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Rommel Contreras · Academia de GeoHistoria del Estado Sucre · 3 de octubre de 2026
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